No voy a traducir un conjuro místico, ni las clásicas palabrejas de cuentos o dibujos animados de otros... o de todos los tiempos, ni evocaré al mago del conejo, ni al boticario y mucho menos al maguito moderno para semi-escuincles cinéfilos. Hablo en tono adulto, en el tono serio que nosotros, los de cierta edad, tenemos para tratar asuntos importantes; en tono casi solemne. Hablo de magia, refiriéndome al encantamiento por el que los deseos se convierten en realidad.
Sé que parezco de otra época en muchos de mis hábitos y reconociendo la dificultad que me enfrenta en los usos y costumbres nuevos, vengo con esta neurosis para compartirla contigo. Veamos: No nacidos de monarcas, ni herederos de títulos nobiliarios, y no habiendo descubierto las Indias Orientales, entre todos, somos comunes mortales; no somos Elvis, Marilyn, ni Michael, ni el Gabo ni lady Di... nadie nos hace reverencias ni se vuelven felices para siempre por conocernos o por habernos cargado los paquetes. Así, tal como lo digo, aún siendo personas brillantes, con grandes logros detrás de sus respectivos esfuerzos y sin duda, sacrificios, nos reconocemos sencillamente humanos. Convivimos con personas dentro y fuera de casa y ellos con nosotros. ¿Cómo le hacemos para vivir bien? ¿Cómo se consigue una armonía que sepa dulce, serena, estable, confiable? Observo nuestra sociedad actual y la comparo con la de hace una, dos, tres décadas, o más incluso, en este país y en otros... ¡demonios! ¡cuánto hemos cambiado! (cáspita o diantres, habrían sido las palabras aplicables apenas hace dos décadas). Desde tiempos inmemoriales la educación nos ha indicado, instruido y ordenado códigos de conducta que han modificado y no necesariamente "avanzado" junto con la ciencia y tecnología, -que me resultan claro ejemplo de "avances" de la raza humana. Nuestra evolución resumida en aparatos. A través de los tiempos y sus modas, se han ido quedando en desuso -por ejemplo- los sombreros, los abanicos, los pañuelos de tela, y con ellos, el saludo de los caballeros quitándose el sombrero, el coqueteo a través de un abanico que únicamente deje ver la mirada de la dama en cuestión, por un instante, la despedida de una agobiada mujer agitando un pañuelo bordado delicadamente... más que cursi, ¿no? hoy en día ni pensar en cosas semejantes, nadie tiene tiempo para bordar pañuelos ni caben ya los percheros que sujeten sombreros a la entrada de ningún lugar. Sólo hay sombreros en algunas bodas -prenda de un día- o los que usan los mayores, para cubrir el coco del frío. El saludo con beso en la mano, el hablar de usted a nuestros padres, (conozco provincianos de cierta edad que aún lo acostumbran), la deferencia a los maestros, el saludo de buenos días cuando entrábamos a cualquier lugar público, la clarísima definición de distancia con que se hablaba de usted, por apellido, por vocativo, a alguien no familiar y ciertamente no de nuestra misma edad, etc., se van esfumando de nuestro diario vivir. Se va perdiendo de modo sensible y cuantificable la cortesía. Entre los derechos humanos, el feminismo llevado a extremos inexplicables, la igualdad, la globalización y otros asuntos (menesteres), ya es cosa de Netflix volver a ver reverencias en un saludo noble, decencia en un galanteo, admiración de hijos a padres, voluntad de "seguir sus pasos", amabilidad entre enamorados en desacuerdo, ya sean casados o en trámite, en este o en otros continentes. En este tiempo nos parece casi ridículo el doble beso en la mejilla que se dan dos diplomáticos en acto oficial televisado al mundo desde Europa, como de broma es el trato "exageradamente correcto" del capitán América, pero se siguen vendiendo las historias clásicas de amor y virtud de aquellos tiempos, en libros, revistas, películas, fotos de bodas de las escasas monarquías mundiales, cuentos de hadas y súper héroes y eso siguen soñando las nuevas generaciones, al menos en las primeras etapas de la vida.
Lo que esta sociedad conoció hace no muchos ayeres como cortesía, suponía ser correcto y que en estos tiempos se ha cuestionado y revisado desde la era original de nuestra sangre Mexicana, ya que se enseñó a agachar la voluntad frente al fuereño, el diferente y el aparentemente superior. Los padres de la nueva generación no enseñan a sus hijos a responder "mande" cuando alguien les llama, (como me enseñaron a mí y como yo enseñé a mis hijos), ahora ya es aceptable responder "qué" y a nadie espanta, (a mí, un poco). Yo me pregunto si pasará el estado de indefinición con que los que nos siguieron están educando hoy adolescentes, pues desean hijos triunfadores y les resuelven todo (acabo de morderme un pedacito del labio inferior - sólo un pedacito), desean hijos exitosos y les enseñan trampas (con lo que viven los padres, incongruente a lo que dicen), desean que se casen "bien" con alguien "bien" y se faltan al respeto entre padre y madre (casados o no); tengo ejemplos tan claros como: hija de 15 años salió con novio por primera vez, un chico de 17; la chica vuelve a casa y pasa por el interrogatorio clásico con que hay que dar cuenta de cómo viste, quiénes son sus padres, a qué se dedican, cómo la trata, si es o no un caballero, y esa madre preocupada del bienestar de su hija, le permite y comparte con ella llamarle "wey" a amigas, hermanos, padres, vecinos, autoridades, etc. Tal vez soy nada más yo quien no entiende, y quizás debas no hacer ningún caso de lo que reflexiono aquí. Extraño los tiempos en que las palabras eran poderosas y dejaban una huella de nuestra propia hechura. Espera. Sigo creyendo que es así. Pienso firmemente que así es; dejamos huella con nuestro decir, hacer y sus respectivos y consecuentes modales.
No importa si creciste soberbio(a) y te crees "la divina garza envuelta en huevo" o "bordado(a) a mano", si tuviste privilegios o tu linaje y apellido vienen de la región equis del país conquistador ye. También eres un común mortal. Pero si te preguntas ¿cómo te gustaría ser tratado(a)? Vuelve conmigo a esta homiléctica que me entretiene... Ya no usamos "dama", "caballero", ya no se sabe qué es "imprecar" ni "bonhomía", pero antes de que nos convirtamos todos en jorobados ansiosos incapaces de actuar frente a otro ser humano por estar en una pantalla de última generación, antes de que tal "wey" nos trague, antes de que la furia temerosa (hasta por asuntos de higiene) nos prohiba saludarnos, permíteme este breve compartir mi idea de salvar la cortesía entre humanos, que se precian de serlo: salvemos -al menos- las venturosas palabras mágicas; "por favor" y "gracias", sé de cierto que siguen siendo la varita mágica que vuelve el sueño realidad... procuran un bienestar suave y digno en toda forma.
Quedo, como siempre de usted, muy atentamente.
martes, 9 de junio de 2015
miércoles, 22 de abril de 2015
Ya es hora del cinismo
A cierta edad los miedos se hacen presentes con más frecuencia. La salud se me ocurre como un motivo repetido de temor y las campañas publicitarias y sociales en pro del bienestar "adulto" me lo confirman a diario. Anuncian pastillas, suplementos, aparatos, programas, dietas y toda clase de artilugios que abarcan desde la estética personal hasta -literalmente, los huesos, pasando obviamente por el desempeño en asuntos íntimos de pareja. No digo que cuidarse esté de sobra, pero me gusta imaginar que todos sabemos, comprendemos y aceptamos nuestra naturaleza y sus prodigiosos cambios. Sé que puede pasarte como a mí, desde que tengo "cierta edad" miro una fotografía de este tiempo donde sonreía y me sentía feliz, y no siempre me agrada el ángulo, la expresión... ¿esa persona soy yo? ¿qué me pasó? o aún peor, cuando he requerido médico y el ilustre individuo usa términos como "ya hay que cuidarse a nuestra edad"... igualado. ¿Cómo se atreve a comparar su edad con la mía? o de plano ¿ya parezco de sus años? con certeza NO. La cosa es que los años nos van dejando más cautos, precavidos y temerosos. Vamos perdiendo audacia, arrojo, flexibilidad, resistencia, pero lo peor de todo es que vamos perdiendo ganas de jugar por jugar, como cuando éramos más jóvenes. Conozco personas que viven ahora sus años, obsesionados con "el look" y se meten al gimnasio por horas y horas y no conocen ya otro tema de conversación, otras que se inyectan veneno en los músculos faciales para evitar las lineas de expresión, otras que se han sometido a cirugías estéticas para perder panza, llantitas. También tengo cerca personas que se hicieron adictas a medicamentos con que suponían resolver asuntos anímicos o de hábitos básicos, como el sueño. En fin. Crecer duele. (frase para adolescentes, que aplica ahora, mejor que nunca).
Si ya no estamos en edad de ser futbolista profesional, ni de concursos de belleza, no pretendamos aparentar. No sirve para nada. Que viva la cierta edad en que somos nuestra memoria y la fantástica colección de fotografías de sitios y eventos vividos; viva nuestro gran aprendizaje y capacidad de gozar. Sí se puede jugar por jugar y conseguir hipo de tanta risa. Se vale hacer ampollas de usar la raqueta sin ganarle a un contrincante, sino gozando con compañero de juego. Bienvenido el cinismo de no tener que demostrar nada ni vencer a nadie. A la vuelta del tiempo, lo que somos se va acentuando; eso que nos define únicamente tiende a crecer. Sonriente, platicador, gruñón, ermitaño, filósofo, sentimental... a cada paso nos haremos más de lo que somos. Ya va siendo hora, creo yo, de que vivamos nuestros felices años con la certeza de todo lo que nos trajo aquí, lo que somos y lo que hemos aprendido, con orgullo. Que vivan las arrugas de risa, vivan las canas que nos heredó la familia, viva nuestro cuerpo que siente, disfruta y conoce mucho más que cuando le hacían falta años. Que vivan los amigos que vamos haciendo hermanos elegidos y que permanecen cerca, que viva el disfrute consciente de cada minuto. Que viva vivir.
Si ya no estamos en edad de ser futbolista profesional, ni de concursos de belleza, no pretendamos aparentar. No sirve para nada. Que viva la cierta edad en que somos nuestra memoria y la fantástica colección de fotografías de sitios y eventos vividos; viva nuestro gran aprendizaje y capacidad de gozar. Sí se puede jugar por jugar y conseguir hipo de tanta risa. Se vale hacer ampollas de usar la raqueta sin ganarle a un contrincante, sino gozando con compañero de juego. Bienvenido el cinismo de no tener que demostrar nada ni vencer a nadie. A la vuelta del tiempo, lo que somos se va acentuando; eso que nos define únicamente tiende a crecer. Sonriente, platicador, gruñón, ermitaño, filósofo, sentimental... a cada paso nos haremos más de lo que somos. Ya va siendo hora, creo yo, de que vivamos nuestros felices años con la certeza de todo lo que nos trajo aquí, lo que somos y lo que hemos aprendido, con orgullo. Que vivan las arrugas de risa, vivan las canas que nos heredó la familia, viva nuestro cuerpo que siente, disfruta y conoce mucho más que cuando le hacían falta años. Que vivan los amigos que vamos haciendo hermanos elegidos y que permanecen cerca, que viva el disfrute consciente de cada minuto. Que viva vivir.
domingo, 15 de febrero de 2015
Ser humano
Termina la semana y a pesar del cansancio, amanece temprano para salir. Me envuelvo de sol mientras camino las calles del centro de mi ciudad, en compañía de personas favoritas, entre charla, bromas, risas, sorpresas y sin dejar de pasear los ojos por cuanta maravilla sucede, un domingo cualquiera. De tanto que hay para ver, uno no sabe para dónde voltear, así que lo mejor es caminar despaciosamente y, aunque conocemos bien la zona, elegimos andar como turistas, tratando de fotografiar con los ojos lo más posible. Andando así, descubro la gente igual a nosotros, paseantes, iguales todos en ánimo de disfrute que no tiene nada que ver con el carácter de días de trabajo (cuando todos somos como maquinitas autómatas), hoy somos suavidad en la mirada, de sonrisa fácil. Los sentidos se agudizan y se perciben los atrayentes aromas de las cocinas, los inciensos de puestos callejeros, intensos perfumes en los locales de esencias; en cada local, su propia música sonora, marcando el gusto individual del sitio, además de los que invitan a gritos a probar, comprar, pasar, siempre festivo... colores, texturas, olores, sonidos, con una feliz intensidad.
Recién me entero que hay disfrazados que trabajan como "cosplayers" representando un personaje de película, de caricatura o alguna invención personal extraña y que están allí para que los curiosos se tomen foto con ellos, a cambio de una módica suma de dinero; cuando alguien que no pagó, elige fotografiarlos, aún siendo de lejos, me han dicho, los "representantes" de dichos artistas responden agresivamente en reclamo e incluso con amenazas de violencia física, así que prontamente guardé mi celular y evité capturar la imagen de un "terminator" que se acompañaba de un robot "transformer", un "batman" y de un "sully" junto a su peluche "wasauski", rodeados de gente joven, sonriente y entusiasta por tener testimonio de tales visiones.
Entramos al Museo Nacional de Arte y me volvieron a atrapar sus escaleras magníficas y la impresionante arquitectura del lugar, como tantas veces antes. Luego al barrio Chino, ahora que está por celebrarse su año nuevo, elegimos comer uno de esos paquetes para varias personas, de comida deliciosa, abundante y distinta de lo que cotidianamente tenemos a la mano. Con los alimentos, nos trajeron tenedores y cuando alguien solicitó un cuchillo para las costillas, (del plato), el mesero llegó con cinco y preguntó quién iba a romper la tradición cortando con cuchillo la carne. Después de risas por su broma, dijo contento que "aquí no es Europa por fortuna y cada quién come como quiere". Luego nos platicó que ha tenido clientes que se van molestos porque no sirven ni pan ni tortillas para acompañar. El personal vestido en trajes orientales, saludado con el Chino nombre del local, una enorme pecera con los chinísimos "koi" o carpas chinas, mientras ya provistos de palillos probamos la sazón y condimentos de aquel país, y ¿por qué no? disfrutando al trovador andariego que entona "el rey" y es coreado por casi todos los comensales del lugar (incluídos nosotros). Sólo en México. Nada como beber sake y cantar música ranchera. Una muy bien atendida mesa y una comida en todo sentido, muy agradable. Después del té de jazmín y galletas que no decían la suerte, nos resultó muy motivante dar una vuelta por las tiendas de artilugios para la fortuna, (ya que por fin termina el difícil año -mío- del caballo y comienza la feliz cabra) (sin albur), cada local ofrece miles de cabritas doradas en distintos diseños, tamaños y formas, rodeadas de moneditas de imitación, piedras, atados rojos, colgantes, de mesa, de plástico, metal, madera, cerámica, lo que todo mortal debe poseer para pasar bien librado este año que inicia. Entramos a una tienda notoriamente más grande que las demás, para descubrir que en el fondo había una mujer activando amuletos de acuerdo al signo de cada uno y que adivina qué necesitas y qué debes cuidar, por quién eres; una especie de bruja que mira con un ojo negro y el otro ciego de nube, de cierta edad, de tono cálido en la voz, que además de proveerte del amuleto adecuado, te vende otros artefactos para procurarte bienestar durante el año de la cabra. Qué cabra. Salí de ahí pagando más de lo imaginado, pero con una sensación de portar el campo de fuerza que no sabía que anhelaba. Como yo, mis personas favoritas. Como nosotros, varias decenas de otros hombres y mujeres -casi todos de cierta edad- confiándole la fe a las milenarias tradiciones de una cultura del otro lado del mundo.
De vuelta a la calle, una banda de rock compuesta por músicos muy jóvenes, rodeada de cientos de sonrientes que aplauden gustosas al final de cada canción, vendedores ambulantes, puestos de revistas, artesanías, gritones vendedores de billetes de lotería, chicos y chicas con los pelos pintados de verde, morado, azul, con toda clase de aretes en la cara, tatuajes más que visibles, atuendos nada convencionales, siempre salpicando su notoriedad entre los comunes -de cierta edad- que somos invisibles por tan comunes en una sociedad "incluyente"; parejas de chicas de la mano, papás visiblemente exhaustos de venir cargando al crío en turno; un mundo de gente: gordos, flacos, altos, bajos, teñidos, canosos, acicalados, fachosos, familias enteras compartiendo el paseo, gente sentada en el suelo, en las jardineras, carritos de bicicleta transportando extranjeros... Personas que en día libre nos volvemos iguales. Todos en el ánimo de disfrutar, descansando del trajín del trabajo y la vida dura de cumplir entre semana. No puedo más que admirar con enorme gratitud, cada cara que sabe gozar el paseo y que en la simpleza de andar las calles, se sorprende, sonríe, comparte y vive, como un ser humano.
miércoles, 7 de enero de 2015
El dolor requiere valentía
Qué cosa curiosa es el dolor físico. Un dolor es la respuesta como “sistema de alarma” que produce el cuerpo, para hacernos reaccionar. Sea cual fuere el motivo, nuestro cuerpo físico –que nació para estar sano y feliz, enfrenta el dolor como un accidente. Una dura llamada de atención. Un evento desagradable del que se genera la urgente necesidad de reparación para conseguir olvido lo antes posible. El sistema nervioso manda señales como reacción. Desde un pálido dolor de cabeza, hasta dolores incapacitantes, la señal se convierte en centro de nuestra sencilla humanidad. Nos llena de miedo, impotencia, desesperación. Nos lleva a tomar decisiones absurdas y/o drásticas (o al menos a pensarlas), desde un sitio tremendamente delicado en cuanto a autoestima se refiere.
Tratándose de dolores grandes, el evento puede a veces llegar como un violento golpe de sensaciones agudas, estacionarse en lo que nos parece eterno, hasta llevarnos al bloqueo de la consciencia, desconectándonos del ser/estar, apartar el registro de la memoria del propio evento… o puede venir como un hilo de agua, que crece y se hace arroyo, que llega a río y torna en una cascada intermitente, que mana de alguna falla o daño y va desgastando el umbral, disminuyendo la tenacidad, como una lija gruesa en madera seca, devastando de a pocos los muros de carga que nos cimientan y vulnerando la luz en la mirada, la suavidad en la sonrisa, y acaba por herir el ánimo y el alma.
El dolor es de colores: es entera la gama de los cálidos, del blanco al rojo fuego. Es de números, del 1 al 10, o para más detalles, del 1 al 100; puede ser sordo, agudo, grave, seco, puede parpadear, latir, quemar, hacernos gritar, gemir, llorar, abrir los ojos, cuando menos, pero más, cerrarlos; nos hace arrugar la cara, fruncir el ceño, los labios, encogernos al tiempo de sus espasmos o de sus picos, nos entume, nos parte, nos lleva a hacernos ovillo en busca de la posición prenatal, como una más de sus humanas muestras de indefensión. El dolor es –por decir lo menos, inconveniente. El dolor es espantoso.
Pasar por tiempo en dolor, rodeado de gente, o medianamente acompañado, no es algo sencillo. Posiblemente, como me pasa a mí, te ha sucedido que sufres un dolor y aguantas la queja verbal, el gemido o incluso el llanto, tratando de no afectar “de más” a quien está tratando de confortarte; el personaje en tu compañía se angustia y lo hace expresivamente, mientras uno se hace “el macho” lo más que puede. En cambio estando a solas, uno vuelve a los 5 años de edad, cuando llorar y enrollarse como cochinilla es lo natural para pasar un gran dolor físico. A cierta edad, “la bola” (de años) se hace presente en forma de dolores que los contemporáneos reconocen como “normales” y habría que pasar por ellos, como por otros muchos síntomas de nuestra preciosa madurez, con elegancia y estilo, pero a diferencia de la necesidad de anteojos o de la paulatina pérdida de audacia y arrojo (por obvia precaución), etc., el dolor nos devuelve a la mortal naturaleza, privados de poses, códigos, armas, artimañas, maquillajes. Nos confronta con la breve y frágil cáscara que habitamos y nos despoja de toda galanura. Regresamos a la desnudez del alma, en medio de un ambiente por completo hostil.
Y, aunque se antoja difícil de creer, puede el dolor tener su lado positivo, además del obvio que resulta en que uno se atienda algo del cuerpo, que no anda bien… en los planos emocional, espiritual, metafísico, energético, etc., pasar por dolor también es una activa alarma funcionando para mostrarnos algo de nuestro ser, que no anda bien. El dolor físico puede auténticamente ser un simple síntoma de un mal emocional. Además de la atención médica/física, en este otro contexto habrá que ponerle atención para decodificar lo que el dolor nos muestra, encontrar los síntomas, la causa, comenzar a atender “el mal” y corregirlo. Hay que “entrarle” con más valentía que la que aplica al ir a cirugía, ya que están involucradas las más íntimas verdades de nuestro ser humano, y no únicamente carne, huesos, tripas y nervios, sino todo lo que creemos, pensamos, sentimos, esgrimimos, defendemos, callamos y ocultamos; lo que nos conforma, por genética, por herencia o aprendido. Nuestras memorias, buenas y malas, acaban siendo un síntoma de alegría o de dolor y para el caso, el dolor es sólo un síntoma de ira o de tristeza. El solo decirlo, no es simple, ni lindo. Pero es real. Así que, acierta la “cierta edad” y lo que uno va aprendiendo sobre sí mismo, que deja de ser un simulacro y se convierte en compromiso con los “arrestos” que hay que tener para meterse a quirófano con un neurocirujano, mientras que ya no se hace “guaje” y le entra al tema de fondo. Los médicos pueden arreglar los cables y ponerlos a funcionar relativamente en orden… pero a uno le toca arreglar el verdadero origen... porque así como nuestro cuerpo físico ha nacido para ser sano y funcionar, nuestro ser humano, ha venido aquí para ser feliz.
viernes, 14 de noviembre de 2014
Vida, ¿estamos en paz?
Con lo que cuesta andar por el mundo en estos días, y no me refiero a viajar y subir de avión a avión para atravezar océanos y recorrer países lejanos, ni me refiero al costo económico de viajes locales, internacionales, trasatlánticos... me refiero al costo del día a día. Con lo que cuesta pararse a veces, levantarse de la cama o de la mesa del café, o de la actitud con cruda de las dificultades de ayer, para sencillamente echar a andar el día; A cierta edad ya tenemos inconvenientes de muchas clases, nos hemos llenado de mañas (y las que aún nos faltan), manías (idem), y complicaciones de asuntos que puestos en una báscula de realidades, resultan meras tonterías. Quejas, inconformidades, frustraciones, negaciones, imposibilidades, asuntos pendientes y de todos modos hay que funcionar y hacer lo que nos toca. ¿Te ha pasado a tí? ¿ te pasa frecuentemente, como a mí?
Hoy, una de mis personas favoritas me ha enviado un video motivacional para el manejo del "stress" en donde el neurótico en turno declara los motivos de su estado, califica del 1 al 10 el nivel de su agobio, para luego ser ingresado en un cuarto especial, en un parque de la ciudad, que tiene tres paredes de cristal y una con puertas pequeñitas; la víctima de sí misma se sienta en una almohada que es lo único que ocupa la alfombra de pasto sintético en el cuarto, se coloca los audífonos que encuentra y comienza a sonar un suave ronrroneo felino. le dan leves instrucciones por el audio sobre cerrar los ojos, respirar, escuchar, (...) un momento después, se abre una menuda puerta de la pared que no es de cristal y sale un gatito bebé, comienza el juego, el cambio en la cara del individuo es enorme, las sonrisas se liberan, los movimientos se suavizan, el disfrute se adueña y convierte en persona al ser que ingresó a ese sitio. algunas de las imágenes acaban con un grupo de gatitos que corretean y saltan y juegan libres alrededor del individuo que no puede más que gozar. Maravilloso video. Reflexiono sobre lo que me hace arrugarme de más, fruncir el ceño y refunfuñar (en mi balanza de realidad) encuentro que puedo sonreir. Puedo respirar hondo y regresar a ser persona. Sí puedo. con el día idéntico y mis deberes, tareas y circunstancias idénticas... yo puedo sonreir.
te comparto éste, que me sirve, especialmente hoy, con ganas de que sonrías también.
Hoy, una de mis personas favoritas me ha enviado un video motivacional para el manejo del "stress" en donde el neurótico en turno declara los motivos de su estado, califica del 1 al 10 el nivel de su agobio, para luego ser ingresado en un cuarto especial, en un parque de la ciudad, que tiene tres paredes de cristal y una con puertas pequeñitas; la víctima de sí misma se sienta en una almohada que es lo único que ocupa la alfombra de pasto sintético en el cuarto, se coloca los audífonos que encuentra y comienza a sonar un suave ronrroneo felino. le dan leves instrucciones por el audio sobre cerrar los ojos, respirar, escuchar, (...) un momento después, se abre una menuda puerta de la pared que no es de cristal y sale un gatito bebé, comienza el juego, el cambio en la cara del individuo es enorme, las sonrisas se liberan, los movimientos se suavizan, el disfrute se adueña y convierte en persona al ser que ingresó a ese sitio. algunas de las imágenes acaban con un grupo de gatitos que corretean y saltan y juegan libres alrededor del individuo que no puede más que gozar. Maravilloso video. Reflexiono sobre lo que me hace arrugarme de más, fruncir el ceño y refunfuñar (en mi balanza de realidad) encuentro que puedo sonreir. Puedo respirar hondo y regresar a ser persona. Sí puedo. con el día idéntico y mis deberes, tareas y circunstancias idénticas... yo puedo sonreir.
te comparto éste, que me sirve, especialmente hoy, con ganas de que sonrías también.
Vida
Calla y encierra la voz… escucha al viento
al sol, al agua, las nubes y la tierra
siguen llamándote, esperan todo el tiempo
murmura todo por ti, tu vida espera
encierra la voz que agolpa tu lamento
y tu impaciencia desata al fin, libera,
respira hondo el fragor de este momento
suelta la espada, el escudo, no es en guerra
como ha de hallarte el amor y el sentimiento
calla y encierra la voz, anima el día
que ha amanecido otra vez y estás despierto
levanta el alba en tu ser, sé la alegría
construye un mundo que luz te trajo el cielo
renueva la gratitud, la algarabía
donde elevar la razón por sobre el celo
es la verdad que te espera… que te mira
vive ahora que tienes vida, aun no has muerto
domingo, 19 de octubre de 2014
Renovarse o ¿morir?
No me gustan las mudanzas. Empacarlo todo, con un cuidado neurótico para que no se rompa, no se arruine, no se pierda... eso debe ser: huella de pérdida. Durante muchos años de mi vida adulta me dediqué a la hotelería, ventas y convenciones en la mayor parte de ese tiempo y por la descripción de puesto, había que andar "como Judío errante" de una ciudad a otra, con el trabajo fijo en una y hospedándome por una noche en todas las demás. Cuando más salvaje, había viaje dos de cada cuatro semanas y literalmente ya no sabía dónde había amanecido (no pienses mal, era un trabajo decente), y de manera intermitente, cada año o dos, había que mudarse a un nuevo sitio; otro hotel, en el mejor caso, de la misma firma. Allá iba como caracol, con mi casita a lomos, arrastrando mi piano, mi gato, mi colección de LPs y de libros, y sobre todo, a mis tres personas favoritas, (que siempre lo tomaron como una aventura fantástica), esos adultos mayores con vocación de escuincles -para mi enseñanza, con que la vida me obsequió y que me han acompañado a todos lados, pero que desafortunadamente aprendieron de mi ejemplo, también en este asunto; resultaron medio nómadas igual. Aún ya fuera de las cadenas hoteleras, haciendo asesorías por mi cuenta, mi trabajo seguía siendo itinerante, pero más controlable, más en mi voluntad que en la escueta insrucción de aquellos jefes y directores. Recuerdo un terrorífico viaje al país vecino en tiempos de nieve, que para mi escasa fortuna, duró cinco semanas. Lo sufrí cada minuto. Andar así, me parece cruel. No tengo esa hechura que gozaban otros, cuando no acababan de llegar a una nueva ciudad y ya estaban planeando la salida nocturna, juntos, y en muchos casos, hasta revueltos. Los equipos de compañeros de trabajo en caravana, llevábamos organizados desayunos o comidas para agentes de viajes y en una feria de información (claramente olvidable), promoviendo nuestro destino turístico, rifábamos unas cuantas estancias (en la temporada más muerta del rancho) y nos descargábamos de cajas de plumas, folletos, blocks para notas, bolsitas, vasos, termos, todo con nuestro fantástico logotipo. Al terminar cada uno de estos eventos, El grupo de vendedores tenia un tremendo cambio de personalidad y comenzaba a desatarse vertiginosamente la furiosa libertad de andar en tierras de otros. Con una soltura descarada, se largaban a cualquier sitio donde hubiera alcohol, se "amigaban" algo más que de costumbre y se bebían hasta el agua de los floreros. Se encariñaban instantánea y livianamente por el tiempo del viaje, o conocían al amor de la vida, (o lo que la vida duraba en cada sitio), volvían llenos de risas, anécdotas bizarras y sórdidas y allá estaba yo con cara de asombro y los ojos crecidos de espanto, escuchando historias breves, sorprendentes de tan idénticas, en el camión o avión, de un lugar a otro. Yo tengo límites muy cercanos para esos quehaceres. En cada caso, llegué a mi habitación de hotel del sitio ajeno, con prisa por llamar a casa y mandar mimos por fibra óptica, para luego ordenar servicio a cuartos, encender la televisión a que me arrullara y buenamente, dormirme a las 3 o 4 de la mañana, porque tampoco sé dormir en camas desconocidas. Enormes límites.
Ahora que voy a mudarme de nuevo, vienen a mí un sinfín de historias pasadas en las mudanzas de mi vida. Aunque ya es muy raro que llegue a romperse algo, porque he adquirido TODA la experiencia para empacar, envolver, embalar y amarrar cajas, de todos modos, hay que hacerle seña de bendición al camión que transporta el triquero y cruzar deditos todo el camino para que llegue bien y sin remedio, cada mudanza pierde algo. En cada casa se queda un pedacito de la vida... Y al llegar, en cada sitio nuevo uno suspira cuando termina la descarga, porque comienza el trajín de sacarlo todo y encontrarle lugar. Se vive entre cajas, empaques y periódicos arrugados durante semanas y hay casos en los que algunas cajas no terminaron de desempacarse cuando ya hay que envolver todo de nuevo.
Conozco personas que se han quedado décadas en sus lugares. Casas que han pasado por generaciones y familias que tienen esa estancia perenne. (Yo quiero ser así cuando sea grande). Así que, de cuna "estacional" como las golondrinas, como puedes ver, a cierta edad uno ya quisiera quedarse. Sencilla y simplemente "estar" en un solo lugar y confiar haraganamente que ahí habrá de quedarse la vida. ¿dónde estás tú? ¿ya llegaste a ese sitio?
Aprendí de todas estas vueltas, un montón de cosas útiles, como hacer nudos inviolables, elegir en dónde vivir contando con los gustos y necesidades de mi familia entera (o siempre he soñado que así ha sido), conocer a fondo cada ciudad, cada vecindario de donde nos ha tocado habitar, hacer amigos, cocinar algún platillo típico de la cocina local y así, también sé que hay muchas cosas con las que todavía me toca enfrentar dificultad, por ejemplo, la lista de cajas numeradas, cuando no se pierde, seguro está equivocada, los zapatos y ropa descartados a la hora de empacar, siempre sí van a extrañarse, este o aquel adornito en realidad no era tan imprescindible porque ya ni queda con la nueva decoración... en fin. Esta extraña renovación de mudarse por azares ajenos a la estricta voluntad, o dicho en mis términos, cuando no me daba la gana, me sigue representando un agobio. Un pesar extrañamente conocido, pero una vez más, suspiraré en el nombre de la resignación y haré un genuino esfuerzo por llegar al nuevo sitio y "anidar" con renovada ilusión y con ojos de futuro.
Ahora que voy a mudarme de nuevo, vienen a mí un sinfín de historias pasadas en las mudanzas de mi vida. Aunque ya es muy raro que llegue a romperse algo, porque he adquirido TODA la experiencia para empacar, envolver, embalar y amarrar cajas, de todos modos, hay que hacerle seña de bendición al camión que transporta el triquero y cruzar deditos todo el camino para que llegue bien y sin remedio, cada mudanza pierde algo. En cada casa se queda un pedacito de la vida... Y al llegar, en cada sitio nuevo uno suspira cuando termina la descarga, porque comienza el trajín de sacarlo todo y encontrarle lugar. Se vive entre cajas, empaques y periódicos arrugados durante semanas y hay casos en los que algunas cajas no terminaron de desempacarse cuando ya hay que envolver todo de nuevo.
Conozco personas que se han quedado décadas en sus lugares. Casas que han pasado por generaciones y familias que tienen esa estancia perenne. (Yo quiero ser así cuando sea grande). Así que, de cuna "estacional" como las golondrinas, como puedes ver, a cierta edad uno ya quisiera quedarse. Sencilla y simplemente "estar" en un solo lugar y confiar haraganamente que ahí habrá de quedarse la vida. ¿dónde estás tú? ¿ya llegaste a ese sitio?
Aprendí de todas estas vueltas, un montón de cosas útiles, como hacer nudos inviolables, elegir en dónde vivir contando con los gustos y necesidades de mi familia entera (o siempre he soñado que así ha sido), conocer a fondo cada ciudad, cada vecindario de donde nos ha tocado habitar, hacer amigos, cocinar algún platillo típico de la cocina local y así, también sé que hay muchas cosas con las que todavía me toca enfrentar dificultad, por ejemplo, la lista de cajas numeradas, cuando no se pierde, seguro está equivocada, los zapatos y ropa descartados a la hora de empacar, siempre sí van a extrañarse, este o aquel adornito en realidad no era tan imprescindible porque ya ni queda con la nueva decoración... en fin. Esta extraña renovación de mudarse por azares ajenos a la estricta voluntad, o dicho en mis términos, cuando no me daba la gana, me sigue representando un agobio. Un pesar extrañamente conocido, pero una vez más, suspiraré en el nombre de la resignación y haré un genuino esfuerzo por llegar al nuevo sitio y "anidar" con renovada ilusión y con ojos de futuro.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
El verdadero regalo
Los ciclos se acortan, los tiempos se reducen, el reloj pasa más acelerado o a cierta edad nos hacemos más y más conscientes e intensos sobre lo que nos acontece. Estoy en esa temporada del año en que se han juntado todos los cumpleaños (incluyendo el mío) y los aniversarios de mis personas favoritas, y muchos otros muy cercanos a mí. Arrancó oficialmente en Abril y acabará en Diciembre. Claro. Tengo tantas personas amadas que resulta que abarcan casi todo el año (para mi enorme fortuna). No hay escape. Planear festejos, esperar (irrefrenable expectativa) que lo festejen a uno. Cumplir, estar a la altura. Mientras más cercana es la persona que celebro, menos importante es lo que llevo, lo que visto, lo que obsequio. A mayor distancia, más cuidado hay que aplicar en esos mismos renglones y sin conseguir detenerme, observo los rituales en que participo. Detrás de los preparativos que incluyen alimentos, bebidas, decoración y organización de horarios, la carga emocional que se mueve en uno de estos eventos, los esquemas sociales, el compromiso familiar que va enlazado en la generación de memorias futuras y que deseamos cuidadosamente proteger. Todos anhelamos quedarnos en el registro de la historia emocional de quienes tienen nuestro afecto; caminamos la vida dejando una huella que –con suerte- será imborrable. Idearemos con delicadeza toda clase de detalles con qué obsequiarles, buscando originalidad, sorpresa, halago de sus virtudes, habilidades y gustos.
El solo hecho de reunirnos, cumple ya con todas las características de “regalo” para mí; se desatan las risas, los gestos amorosos, los detalles de cuidado y alegría con que una familia se bendice a sí misma todo el tiempo. Los procederes repetidos que ya pueden llamarse protocolo, vuelven a hacerse presentes y el orden de las voces conserva el cuidado respetuoso de la broma cotidiana con que se festeja a los propios. Hay un patrón de conductas -dueño de toda mesura, que de un modo mágico encuentra libertad para oxigenar la vida que nos damos juntos. En eventos festivos, auténticamente se alimenta la animosidad del grupo de personas que compartimos un lazo afectivo. La red afianza su unión.
Un festejo es obviamente una oportunidad de compartir y convivir, pasarlo juntos, acercarse a los seres queridos, de modo fácil y desenfadado, a diferencia de los tiempos duros en que hay que meter el hombro, entrarle a los jalones y cargar, empujar lo que sea (por cualquier motivo), para sacar de problemas a alguien amado… eso no cualquiera lo hace, pero ahora, (si me lo permites), con la terca observación y el engranaje mental sonando a todo, puedo encontrar que tampoco resulta tan simple ser un digno participante de los tiempos bien, de los momentos de festejo y sus implicaciones.
Obviamente arrastro algo de amargura en la pila de años que acabo de festejarme y la cierta edad de pronto no se acomoda con tanta comodidad o certeza… supongo que sabes cómo es. Posiblemente por la conciencia del tiempo que uno va (sin querer) adquiriendo, me doy cuenta de mucho más. Para mi mala suerte (aunque sé que para nada es extraño), he pasado por algunos festejos en donde el motivo de reunión parecía ignorado del todo y en su lugar, aparecieron toda suerte de momentos incómodos, competencia de regalos (por precio o marca), chismes, verdades veladas, bandos casi quirúrgicamente divididos en grupos que somos familia, noticias inconfesables pero aún comentadas, cejas levantadas en miradas cómplices donde se implicaba la desaprobación de algún tercero, mientras sonaban risas acartonadas y las piezas no calzaban ni a fuerzas y una triste sensación de falsedad se hacía protagónica. Al menos dos de las fiestas de este ciclo, han resultado así. Habría preferido no formar parte del grupo en ese par de ocasiones. Habría querido, en todo caso, contar con la libertad de decir mi opinión y quizás la ingenua receta de buena voluntad con qué afrontar las diferencias, respetando con amor los motores originales que nos hacían reunirnos. Somos sólo humanos; falibles todos, perfectibles y perdonables. Todos. ¿Por qué entonces andamos con esta actitud juiciosa y castigadora frente a los nuestros? ¿por qué nos montamos en el dictamen de lo que “debería hacer” alguien más, cuando es uno quien está incómodo? ¿dónde hemos abandonado el gusto de ser, para convertirnos en la policía de lo que los otros debieran ser?
Me niego a actuar en ese teatro siniestro… me niego a recibir el guión de juez para protagonizar a la neurosis descalificadora contra nadie. Y mucho menos contra alguien a quien amo. No tengo ganas ni de ver cómo detiene la mordaz obscuridad a la suave delicia de tener seres amados. Se me ocurre entonces que tendríamos que mantener la generosidad como bandera del evento, y con ello, obsequiar lo que tengamos: para comenzar, el tiempo que regalamos al festejado y su evento, con una limpieza y sinceridad, que de tan serenas, lleguen a ser notables. A partir de ello, nuestra participación tenga ingredientes puros del sentimiento que nos une a dicha persona, sin sembrarle expectativas, sin pedir acuse de recibo, sin llevar registro de número, cantidad, costo, calidad, etc… sino con la bandera de que tener la oportunidad de vivirle en tiempo presente, es para uno la fiesta entera y el verdadero regalo.
Hoy elijo asegurarme de que ese sea mi mensaje para obsequiar en cada fiesta, comenzando por la mía. Vivir hoy, con gratitud y en paz de que lo que vivo ha sido lo que he elegido y sigo aquí para disfrutarlo y para aprender de ello. Sólo entonces, toma un real sentido decir FELICIDADES!
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